Algunos apuntes (cinematográficos) sobre la apnea

Coge aire. 
Coge todo el aire que puedas.
Este relato tendría que durar tanto tiempo como puedas contener la respiración, y luego un poquito más.

Chuck Palahniuk, Tripas


Lo que está muerto no respira. Respirar es algo de vivos. Cuando uno muere, deja de respirar. Aguantar la respiración podría ser una forma de empezar la muerte para luego apartarse del camino. Aguantar la respiración supone impedir una actividad constante —e inconsciente— que nos mantiene vivos. Se trata, en cierto modo, de rebelarse contra la vida (huir de ella pero sabiendo que vas a volver). 

La apnea olímpica convierte todo esto en una competición. Veamos quién pasa más tiempo suspendido en este limbo, ese estado suspendido en vida en el que nos acercamos (aunque nos encontramos igualmente lejos) a la muerte. Dejar de respirar implica dejar de ser humano (en la apnea participan personas vivas luchando por dejar de ser humanos). Pero es una lucha pasiva, silenciosa: los cuerpos descansan bajo el agua, flotan sin mover un sólo músculo, únicamente concentrados en dosificar la respiración. Todos nos hemos sumergido bajo el agua y hemos escuchado atentamente. Un zumbido constante nos invade, como una tormenta (y algunas burbujas se escapan y sueltan un sonido parecido a un muelle ralentizado). Parece que todo se detiene, que todo queda realmente suspendido. La fantasía dura poco porque no somos malditos gimnastas profesionales y nos ahogamos. Salimos a tomar aire de nuevo, volvemos a la vida, a la superficie, y rechazamos el estado embrionario que nos consumía. Enhorabuena. Ganamos la medalla, ganamos a los otros atletas musculosos y depilados, ganamos a la muerte pero, sobre todo, perdemos a la vida. 

Roni Horn, You are the weather, 1994-95


Hay una escena en El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) donde la protagonista cruza un puente acompañada de Haku, que le recomienda aguantar la respiración para no ser vista. Si no respiras, no existes (sin embargo, claramente estás ahí). 

Hayao Miyazaki, El viaje de Chihiro, 2001

En 2001: odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) el astronauta Dr. Dave Bowman se ve envuelto en una trampa ingeniada por la inteligencia artificial HAL 9000: tiene que dejar la nave espacial —controlada en su totalidad por el retorcido ordenador— para adentrarse en el abismo espacial y salvar a su compañero el Dr. Frank Poole. Durante toda esta secuencia lo único que podemos escuchar es la respiración del Dr. Dave, un sonido rítmico, constante, nervioso y distorsionado interrumpiendo el silencio en mitad de la nada. No hace falta música, no hace falta nada más. La respiración aporta un importante matiz humano a la escena y configura la forma más eficaz de crear una alarmante sensación de presencia. La respiración marca el ritmo y no viceversa. (Incluso en mitad del silencio abismal, aquello que permanece es nuestra respiración.) 

Stanley Kubrick, 2001: odisea en el espacio, 1968

Durante el final de El silencio de los corderos (Jonnathan Demme, 1991) la agente del FBI Clarice Starling queda atrapada en mitad de una profunda oscuridad, dentro de la casa del asesino en serie Buffalo Bill. Podemos ver cómo éste la observa de cerca con gafas de visión nocturna mientras que la agente se muestra terriblemente angustiada, palpándolo todo para orientarse y atendiendo a cualquier mínimo sonido. Bill estira el brazo e intenta acariciar su pelo pero se detiene, porque no es el tacto aquello que se permite en la oscuridad: es la respiración acelerada de Clarice y contenida de Bill. Podemos contener nuestros movimientos, pero no podemos contener nuestra respiración. Se trata de aquello que nos hace estar vivos, de aquello que nos delata. La respiración es aquello que nos queda en plena oscuridad.  

Jonnathan Demme, El silencio de los corderos, 1991

En el impresionante tramo final de Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) vemos cómo Oskar se ve sometido a una dura prueba por unos chicos abusones que buscan hacerle la vida imposible: aguantar la respiración bajo el agua durante tres minutos. Si lo consigue, sólo le meterán una paliza; si no lo consigue, le sacarán un ojo. Será entonces cuando Eli aparece para salvar a Oskar y masacrar violentamente a los abusones, pero mientras todo esto ocurre la escena sólo nos muestra cómo transcurre el tiempo con Oskar bajo el agua, aguantando la respiración. Tal vez, aquello que está ocurriendo bajo el agua sea más importante. Puede que la violenta masacre que está teniendo lugar en el exterior, en la superficie, deba ocurrir mientras observamos a Oskar suspendido bajo el agua, sufriendo en silencio, en el interior. En la superficie todo pasa muy deprisa, pero bajo el agua todo parece avanzar muy lentamente.

Tomas Alfredson, Déjame entrar, 2008

Todo se interrumpe. Ambos mundos se anulan. Eli saca a Oskar del agua. Respira. Observa sus ojos salpicados por sangre de abusón. Y vuelve a la vida.  



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