Sirenas a lo lejos: la música de Interpol

Hace poco hablaba con mi amiga Ana Marjalizo sobre la cantidad de ambulancias —coches de policía, camiones de bomberos o servicios de emergencia— que escuchamos todos los días. Cualquier persona que viva en una zona metropolitana se habrá acostumbrado tanto al sonido de sirenas a lo lejos que este ya pasa completamente desapercibido. Pero Ana se fijaba en cada sirena que sonaba a lo largo del día; y esto ocurría tan frecuentemente que resultaba perturbador.

El sonido consciente de las sirenas estremece porque anuncia una emergencia, una advertencia intermitente e incesante que advierte: algo no va bien. La sirena es un recordatorio punzante de que cualquier cosa puede salir mal en cualquier momento. Por eso me estremezco cuando escucho sirenas a lo lejos, por eso me abrumo cuando escucho a Interpol con sus guitarras repetitivas y desoladoras que aparecen y desaparecen en la lejanía. Esta banda neoyorquina fundada a finales de los noventa pertenece a un conjunto de artistas que definieron el sonido del post-punk revival a principios del siglo XXI. Actualmente, Interpol (como otros muchos grupos del movimiento) ha perdido cualquier capacidad de sorprender y se encuentra más bien preso de su propio sonido y éxito inicial, pero hay algo en su música que merece ser analizado: sus canciones resuenan como un bucle de melancolía y pesimismo, un recordatorio de los tiempos catastróficos que vivimos donde el tiempo parece estar condenado al loop insatisfactorio y la sociedad está impregnada de una agotadora sensación de urgencia. La música de Interpol acompañará el inicio de una nueva época dominada por el terror, el control, la emergencia y la depresión —la grabación de su álbum debut Turn on the bright lights (2002) tuvo lugar en noviembre de 2001, apenas dos meses después del atentado al World Trade Center—. 



Mark Fisher analiza el movimiento post-punk revival (al que pertenecen grupos como The Strokes, Franz Ferdinand, Arctic Monkeys, The National o The Libertines) como un modelo que repetía antiguos patrones musicales ya explotados en el post-punk de los ochenta: «Si los Arctic Monkeys no se posicionaron como un grupo “retro”, fue parcialmente porque no había un “ahora” con el que contrastar su retrospección» [1]. El movimiento será, por lo tanto, una tendencia incapaz de ofrecer un sonido novedoso acorde al momento en el que se encontraba; se trata de un presente que parece dirigir su mirada hacia el pasado por una desoladora ausencia de futuro. Esto hace que Fisher considere estos grupos un producto típico del postmodernismo por ser «anacrónicos», ya que «no pertenecen al presente ni al pasado, sino a una era implícita “sin tiempo”» [2]. 



En la música de Interpol esta sensación de estar flotando en un limbo temporal se acentúa por un sonido que parece anular el futuro: la música se repite pero no avanza. Materializan a la perfección aquello que Fisher llamará hauntología, término que empleaba para referirse a la cultura popular de la primera década del siglo XXI en la que trabajaron una serie de artistas principalmente volcados en la música electrónica y ambient. En estos últimos años donde «la vida cotidiana se ha acelerado, pero la cultura se ha enlentecido» [3], estos artistas musicales parecen estar atrapados directamente en un (no-)tiempo que, de nuevo, no avanza —ni siquiera muy lentamente— sino que se repite hasta su propio agotamiento. La música de Interpol se ve dominada por este espíritu hauntológico donde yace «la traumática “compulsión a repetir” un patrón fatal» [4], como una sirena que se repite para anunciar otra vez un dolor urgente que tampoco para de repetirse; atrapada en un bucle que va más allá del plano temporal para acabar acomodándose en un limbo existencial donde habita la figura espectral, a saber, «lo que ya no es más y lo que todavía no es» [5]. ¿No es acaso la figura del fantasma una emergencia en sí misma? Unas sirenas —un sonido de guitarra repetitiva, un bajo que se retuerce, una batería que se satura o una voz espectral que se apaga— que anuncian una emergencia, suenan a lo lejos pero no sabemos si se están acercando o si se alejan todavía más. La repetición nos confunde, nos desorienta y no sabemos si el dolor está apareciendo o desapareciendo. Un sonido intermitente se repite de forma triste en la música oscura de Interpol para anunciar la catástrofe pasada que ya no es más o avisar del dolor inminente que todavía no es


Hay una escena muy triste del filme Kokuhaku (2010), dirigido por Tetsuya Nakashima, en la que uno de los jóvenes protagonistas observa desde la calle cómo su madre lo abandona. En ese momento la calle está repleta de niños haciendo pompas de jabón y mientras el protagonista observa petrificado la figura de su madre alejarse, una pequeña burbuja se acerca lentamente a su oído y estalla. Ese sonido se repetirá a lo largo de toda la película (y toda la vida del personaje) como «el sonido de algo importante que desaparece». Algo parecido anuncia una sirena. Y no se me ocurre mejor forma de describir la música de Interpol. 

Tetsuya Nakashima, Kokuhaku, 2010


1. Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (Buenos Aires: Caja Negra Editorial, 2018), 34.
2. Ibídem, 36.
3. Ibídem, 41.
4. Ibídem, 45.
5. Ibídem, 44.

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