Física espectral de la pantalla (la caricia muda)

Touch, sweet touch
You’ve given me too much to feel
Sweet touch
You’ve almost convinced me I’m real
I need something more

Touch
Daft Punk ft. Paul Williams

Argumentar que vivimos en la era de la pantalla es actualmente una obviedad. También es posible que sea una idiotez: yo estoy escribiendo esto porque puedo verlo en mi pantalla y tú estas leyéndolo porque, igualmente, puedes verlo en tu pantalla. La pantalla lo cambia todo: cambia nuestra forma de ver el mundo, de crearlo, de consumirlo. Cambia nuestra forma de sentir, de pensar, de ver, de (un paso más) mirar, de (un poco más) observar. Acelera una sensibilidad propia de la postmodernidad, diagnosticada por Fredric Jameson, basada en una nueva superficialidad, una falta de profundidad que implica el ocaso de los afectos (para generar afectos nuevos, aunque más impersonales tal vez) [1]. La pantalla genera nuevas subjetividades (Hito Steyerl podrá decirnos si de baja resolución o en HD) y genera nuevos colectivos, nuevos espacios que implican formas relacionales alternativas (el propio Nicolas Bourriaud dedica un capítulo en su famosa e insatisfactoria Estética relacional a las relaciones pantalla) [2]. Para no extenderme demasiado, podríamos reducir todo esto a que la pantalla con toda la introducción que la misma supone a un nuevo plano espacio-temporal virtual que es el ciberespacio y el cibertiempo, genera desórdenes de la mirada, que a su vez genera (o, mas bien, demanda) nuevas formas de mirar

Aunque todo esto ya lo sabemos. Hablamos y entendemos el lenguaje de la pantalla diariamente. Pero si la pantalla ha generado nuevas formas de enfrentarnos a la imagen y algunos desórdenes de la mirada, resulta lógico que la evolución sensitiva de la pantalla táctil haya generado desórdenes del tacto y nuevas formas de enfrentarnos a lo epidérmico (o dinámicas alternativas de acariciar). Remedios Zafra propone la noción de «lamer la imagen» [3] para una mirada lenta de la imagen multiconectada, y aquí propongo que la pantalla táctil propicia un proceso sensitivo que va acompañado del acto de «acariciar la imagen». La pantalla táctil presente en tablets y smartphones ya nos reconoce con un leve toque, un mundo hiperconectado que se abre ante nosotros y nos reconoce dactilarmente en apenas unos milisegundos, como un viejo amigo o como un amante que reconoce nuestro roce al instante. El proceso de lamer la imagen y acariciar la pantalla denota una temporalidad pausada, lenta y procesual, opuesta realmente a las lógicas temporales que reinan en el cibertiempo y el ciberespacio. Nos sumergen en una relación afectivo-sexual con la máquina, con la interfaz. Pero tal vez se trate de una afectividad que no dice nada: nuestras manos se mueven por la pantalla como las de un ciego por una hoja en braille, pero la pantalla es plana... La pantalla es como un libro en braille que no dice nada, que no tiene relieve. Porque los relieves están detrás de la interfaz, están en esa física espectral de la pantalla. (Por eso la caricia será muda). En un mundo virtual, la física podría reinventarse, podría optar por plantear una nueva física de lo digital e incluso podría optar por no existir. Sin embargo, prefiere convertirse en un espectro de la física material para que el usuario tenga una experiencia satisfactoria y familiar: «Al deslizar y hacer tapping en las actualizaciones, los usuarios se rodean de una ilusión que se siente natural desde el primer momento» [4]. Nuestros dedos abren, cierran, mueven, agrandan y arrastran ventanas y escenarios virtuales que fingen tener una velocidad, un peso, un tamaño y una gravedad que oscila entre lo flotante y lo fijo, entre lo fluido y lo sólido.

La física espectral de la pantalla apela directamente a nuestra sensibilidad, genera nuevas formas de comunicarnos epidérmicamente y fomenta una caricia muda. La física espectral de la pantalla se relaciona directamente con la física real de la mano, «la suavidad de sus gestos, simbolizada en la velocidad del pulgar, que pueden enviar actualizaciones en segundos, dominar la microconversación y captar el estado de ánimo de una tribu global en un instante» [5]. Pero la temporalidad de estos procesos no suele ser lenta: rara vez lamemos y acariciamos la imagen realmente. Para Geert Lovink, esta «plasticidad de la navegación» es una ilusión que desemboca inevitablemente en la tristeza tecnológica. Estos procesos lentos pueden acelerarse y automatizarse para alcanzar los actos de succionar la imagen y masturbar la pantalla, un constante juego de caricias que parecen acomodarse en el onanismo loopeado y no alcanzan un clímax final: las relaciones pantalla libidinales siempre serán insuficientes e insatisfactorias porque nunca alcanzarán el orgasmo. Tal vez, la eyaculación no sea la finalidad de la succión y la masturbación virtual. Es posible que la caricia muda no tenga ninguna finalidad, ningún propósito más allá de manifestarse silenciosamente a través de esta superficie plana y lumínica. 


Ed Atkins, Safe Conduct Epidermal for Parkett 98, 2016

Los dedos tocan la pantalla, «superficies de contacto entre el mundo algorítmico y el mundo material, entre los dispositivos tecnológicos digitales y los usuarios» [6].

Y cuando se apaga la pantalla, cuando las imágenes desaparecen, muere la luz y nos encontramos con la negrura brillante y fría del dispositivo. Todo lo que queda es nuestro reflejo distorsionado por algunas pinceladas de huellas dactilares; una fina capa acumulativa de grasa, piel muerta y suciedad que parece fosilizar como el único rastro orgánico que permanece entre las imágenes digitales y el mundo material. La interfaz de la pantalla se yergue como una fina membrana de nuestra piel muerta que lucha por penetrar en un mundo ideal, por adentrarse en la física espectral de la pantalla, pero que impide la penetración más allá de su propia superficie: nuestros restos descasan allí donde se encuentran, se desactivan y se comunican insatisfactoriamente el yo virtual y el yo analógico.  


1. Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad (Madrid: Trotta, 2016), 29-37.
2. Nicolas Bourriaud, Estética relacional (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2006), 79-97.
3. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 23. 
4. Geert Lovink, Tristes por diseño. Las redes sociales como ideología (Bilbao: consonni, 2019), 60.
5. Ídem. 
6. Ingrid Guardiola, El ojo y la navaja. Un ensayo sobre el mundo como interfaz (Barcelona: Arcadia 2019), 10. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Torso (atlas)

Restos de Warhol

Recortes humeantes: «Tangled up in play» en F2 Galería