Regímenes de (hiper)visibilidad: conflictos de la cultura-red desde el pensamiento de Jacques Rancière (I)

A principios del nuevo milenio comenzó el desarrollo de internet tal y como lo conocemos actualmente. La interfaz de la década de los noventa, basada en el texto, dio paso a la web basada en la imagen dinámica e interactiva, configurando lo que se denomina como web 2.0 y propiciando la aparición de las primeras redes sociales. Este fue tan sólo el comienzo de toda una revolución tecnológica, comunicativa, económica, social y cultural que se ha acelerado hasta configurar la complejísima cultura-red que experimentamos hoy en día. En el presente escrito me dispongo a articular algunas problemáticas no tanto a resolverlas sobre esta cultura-red y la posición adoptada por el espectador-usuario, tomando como punto de partida el pensamiento de Jacques Rancière. Sin ninguna duda, puede considerarse la red como el espacio cultural (no olvidemos que internet es un espacio) que más innovaciones ha producido en las últimas décadas, que ha permitido un encuentro masivo de público impensable en cualquier otro ámbito y que más ha trastocado la figura del espectador, ya sea hablando a partir del consumo, de la creación de vínculos relacionales o de una posible revolución política.

1. Repartos de lo sensible digital y regímenes de (hiper)visibilidad

Para enfrentarnos a la cultura-red y los espectadores-usuarios que navegan por ella, partiremos de la «división de lo sensible» planteada por Jacques Rancière, entendida como la «redistribución de lugares y de identidades, repartición de espacios y de tiempos, de lo visible y lo invisible, del ruido y del lenguaje» [1]. Para el pensador francés, este reparto será lo que relacione la estética de la política y la política de la estética, es decir, «la manera en que las prácticas y las formas de visibilidad del arte intervienen en la división de lo sensible y su reconfiguración» [2]. De esta forma, estética y política serán «dos formas de división de lo sensible dependientes, tanto una como la otra, de un régimen específico de identificación» [3]. Este régimen será llamado por Rancière como el régimen estético, basando dicha identificación en la visualidad. Aquí, Rancière introduce una novedad crucial en la concepción tradicional de estética, y es que no se limita exclusivamente al terreno del arte sino a todo un régimen de sensibilidad, a todo el orden de lo visible; el régimen estético ya no se centra en «la distinción entre los modos de hacer, sino a una distinción entre los modos de ser» [4]. Esto resulta fundamental para articular el pensamiento de Rancière en la cultura-red, siendo internet un claro reparto de lo sensible, un espacio que permite una multiplicidad ingente de «modos de ser», un espacio virtual donde también coexisten en conflicto, por supuesto estética y política, donde es posible experimentar una transmutación digital de aquello que comparten estos dos espacios, a saber, «el trabajo de la creación de disensos» y las «formas de presencia de cuerpos singulares en un espacio-tiempo específico» [5]. Este orden de visibilidad y sensibilidad que se da el en espacio-tiempo virtual de la red se verá acelerado por una condición digital que actualiza el pensamiento de Rancière a un nuevo régimen, el de las formas alternativas de (hiper)visibilidad. 

Marco Godoy, The Fiction of Power, 2018

Analizar internet como reparto de lo sensible digital y espacio para regímenes de (hiper)visibilidad requiere de varios matices que es importante tener en cuenta. ¿Qué ocurre cuando lo sensible es devenido como digital? La red configura su propio régimen de visibilidad/sensibilidad, pero siempre a través de la pantalla. Esto hace que la situación del espectador de la cultura-red sea, cuanto menos, paradójica: el espectador-usuario se conecta a la red individualmente a través de una pantalla, ocupando un papel tradicionalmente pasivo en la vida analógica (lo sensible real) mientras que su actividad en la vida virtual (lo sensible digital) es incesante. Pero ¿por qué debería esta cultura-red ser menos real que la cultura de la vida analógica? Para Rancière no existe algo así como lo real sino diferentes configuraciones ficcionales: «Lo real es siempre el objeto de una ficción, es decir, de una construcción del espacio en el que se anudan lo visible, lo decible y lo factible» [6]. De esta forma, tanto el arte como la política son también ficciones, y algunos conceptos como la propia realidad o la desigualdad son también una «ficción acordada» [7]. Si Rancière afirma que «todo es ficción» [8], podemos entender la cultura-red como otra ficción que no es, en absoluto, inferior o superior a otras ficciones; internet es entonces otro espacio en construcción que permite anudar «lo visible, lo decible y lo factible». La ficción dominante actual es la realidad que se consume a través de la pantalla, una realidad aparente convertida en imagen que nace con la aparición del cine, que se desarrolla a través del vídeo doméstico y que será criticada por figuras desde Guy Debord a Jean Baudrillard. La realidad de las imágenes en la red implica una saturación de información audiovisual digital que se consume a través de la pantalla, configurando «nuevas maneras de ver y cambios epistemológicos» [9]. Rancière habla de que «la imagen no es el doble de una cosa. Es un juego complejo de relaciones entre lo visible y lo invisible, lo visible y la palabra, lo dicho y lo no dicho» [10]. De esta forma, podría decirse que Rancière no consideraría la ficción en la red y su tráfico constante de imágenes como una oposición entre realidad y apariencia, sino como la «construcción [de] otras realidades, otras formas de sentido común» [11].

Internet se ha desarrollado como espacio ideal para retomar la tarea de Rancière y poder «desacreditar algunos binarios sobre los cuales se ha apoyado el discurso del arte politizado» [12] como individual/colectivo, autor/espectador, activo/pasivo, vida real/arte, vida analógica/vida virtual, sensible real/sensible digital, productor/consumidor, actuar/mirar y un largo etcétera. Todos estos contrarios (que son en realidad una «alegoría de la inequidad» [13]) parecen disolverse en un espacio-red donde hablar exclusivamente de espectadores y productores se queda obsoleto; ya no tiene sentido continuar con la concepción del «autor como productor» defendida por Walter Benjamin si bien es cierto que las dinámicas de producción y consumo contemporáneas siguen siendo inseparables de sus consecuentes innovaciones tecnológicas [14]. Toda persona que navega por internet es simultáneamente un espectador, un usuario, un consumidor, un productor, un voluntario, un recolector, etc. Se trata de una figura ambigua y compleja que se enmarca en la definición de prosumidor, en la que todo espectador actual es una mezcla de productor y consumidor: «El prosumo supone hoy que el sujeto no es ya un sujeto pasivo que lee, escucha y asimila información sino que la construye, manipula, apropia y resignifica en un marco de transformación de las formas de recepción y acceso a los símbolos» [15]. 

De esta forma, internet aparece como espacio propicio para que aflore esa «comunidad emancipada de narradores y traductores» [16] propuesta por Rancière, donde los usuarios-espectadores adquieren ambos roles consumiendo, apropiando, produciendo y compartiendo material digital constantemente. También podemos tomar el espacio cibernético como ficción dominante, un nuevo régimen de (hiper)visibilidad donde la ficción implica «la creación de disenso, construir nuevas relaciones entre la apariencia y la realidad, lo singular y lo común, lo visible y su significación» [17]. Pero este espacio aparentemente libre y democrático que es internet no está exento de algunas contradicciones y aspectos para tener en cuenta. Son varias las preguntas que podemos hacernos: ¿Qué implica la formación de una comunidad emancipada en un espacio tan ambiguo y conflictivo, dominado por el capital, como lo es internet? ¿Es entonces posible la emancipación del usuario-espectador en la red? ¿Es la red un espacio propicio para el consenso o el disenso?


1. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 15 (consultada la versión digital).
2. Ídem.
3. Jacques Rancière, El malestar en la estética (Buenos Aires: Capital Intelectual, 2011), 36.
4. Ibidem, 40.
5. Ibidem, 35-36.
6. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 77. 
7. Jacques Rancière, El maestro ignorante (Barcelona: Laertes, 2003), 60 (consultada la versión digital). 
8. Ibidem, 46.
9. Nicolas Bourriaud, Estética relacional (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2008), 79-80. 
10. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 94.
11. Ibidem, 102. 
12. Claire Bishop, Infiernos artificiales: arte participativo y políticas de la espectaduría (México: t-e-eoría, 2019), 37.
13. Ibidem, 66.
14. Walter Benjamin, Tentativas sobre Brecht (Madrid: Taurus, 1987), 125.
15. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 36. 
16. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 28.
17. Ibidem, 67.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Torso (atlas)

Restos de Warhol

Recortes humeantes: «Tangled up in play» en F2 Galería