Regímenes de (hiper)visibilidad: conflictos de la cultura-red desde el pensamiento de Jacques Rancière (III)

3. Redes sociales: disensos y consensos de la colectividad digital

Los espacios sociales de la cultura-red por antonomasia son las redes sociales, lugares que propician la creación de colectivos tanto como la configuración de disensos. Podría argumentarse inocentemente que las redes sociales ofrecen una versión alternativa, mutatis mutandis, de los espacios ideales de la estética relacional abanderada por Bourriaud, generando un «intersticio social para definir comunidades de intercambio que escapan al cuadro económico capitalista por no responder a la ley de la ganancia» [1]. Pero esto implicaría no comprender las lógicas del capitalismo en la cultura-red, un espacio inherentemente caracterizado por el exceso, la acumulación y la saturación donde sí existe una visión imperante cuantitativa del valor, donde se produce una «equivalencia entre valor y visibilidad» [2]. Estos espacios virtuales plagados de identidades aparentes y saturado de imágenes del yo ejemplifican a la perfección la transmutación virtual del espectáculo debordiano entendido como «una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes» [3]. Pero las redes sociales son, igualmente, un espacio social virtual que facilita la creación de disensos, entendidos por Rancière como «una diferencia en lo sensible, un desacuerdo sobre los datos mismos de la situación, sobre los objetos y sujetos incluidos en la comunidad y sobre los modos de su inclusión» [4]. No sólo las redes sociales evidencian diferentes modos de inclusión/exclusión, sino que internet en general ejemplifica estructuralmente todo este desacuerdo bajo una aparente democratización o neutralidad: «La desigualdad de los “no vistos”, de los que no existen en el mundo conectado, de las alteridades, los excluidos o los inconformes, pone de manifiesto el espejismo de una cultura-red donde la máquina y sus dispositivos se han camuflado como neutrales, o se nos han hecho invisibles» [5]. Este «conflicto de diversos regímenes de sensorialidad» [6] potencia la creación de comunidades políticas en las redes sociales, entendidas como «comunidad disensual» [7] en la que la política se activa como «la configuración de un espacio específico, la circunscripción de una esfera particular de experiencia, de objetos planteados de designar a esos objetos y de argumentar sobre ellos» [8]. De todas formas, la creación de comunidades políticas en la red no está exenta de contradicciones: si bien internet es un espacio disensual, también se trata de un espacio marcadamente consensual, donde incluso el disenso se produce entre colectivos fuertemente consensuados. Para Rancière, el consenso no será sólo «la negación de la política» [9] sino «una forma activa de despolitización» [10], si bien es cierto que esta situación mantiene el conflicto y, advierte, «hay política mientras haya conflicto sobre la configuración misma de los datos» [11].

Marco Godoy, In the Service of Vision, 2019-20

Remedios Zafra también defiende este conflicto disensual de regímenes de (hiper)visibilidad como un aspecto fundamental para la resistencia y transformación colectiva en la red, argumentando que «es en el disentimiento razonado y en la conciencia donde nace la resistencia al poder y la transformación de mundos de vida» [12]. También cabría preguntarnos hasta qué punto estas formaciones son realmente colectivos libres ya que se agrupan en espacios mediados por el capital donde «cada vínculo genera pequeñas obligaciones que determinan un mayor uso de la máquina, del dispositivo, del escenario de la socialidad online» [13] y hasta qué punto puede demostrarse su eficiencia política dado que este tipo de formaciones implican, por lo general, «vínculos cambiantes pero ligeros, derivados de compartir aficiones, proyectos o intereses temporales» [14]. Las redes sociales actualizan la afirmación de Walter Benjamin en la que «las relaciones sociales están condicionadas, según sabemos, por las relaciones de la producción» [15]; las relaciones sociales son ahora relaciones de la producción. Y son ahora las redes sociales (y la cultura-red en general) las principales encargadas de generar subjetividad en el espectador-usuario, los espacios sociales que enfatizan la fricción de ficciones en la red: «Nada menos natural que la subjetividad. Nada más construido, elaborado, trabajado», afirmaba Guattari [16]. 

En las redes sociales, el espectador-usuario también se enfrenta a la paradoja de la colectividad individual: «Aunque pudiera resultar paradójica la activación de nuevas formas de colectividad online en una sociedad individualista como la nuestra, no lo es tanto al observar que en red dichas colectividades se conforman como multitud de personas solas frente a sus dispositivos móviles» [17]. Pero ¿no es acaso esta capacidad de crear colectividad en la red de forma individual aquella defendida por Rancière, quien afirma que la emancipación no puede ser un método social sino individual [18]? Si bien es cierto que las redes sociales pueden permitir una emancipación y creación colectivo-política desde lo individual, también podrían servirnos para cuestionar algunas ideas problemáticas rancièrianas —en las cuales no voy a centrarme por no ser ese mi objetivo— que parten de su conocida premisa de la igualdad de las inteligencias. Su principal mantra de «el hombre es una voluntad servida por una inteligencia» [19] cae en una terrible idealización de la voluntad, en un olvido del contexto y una visión demasiado optimista de las capacidades individuales, acercándose a esta ley del neoliberalismo (apodada por David Smail como «voluntarismo mágico») que reza que «si quieres, puedes». Las redes sociales son vendidas como espacios horizontales donde aparentemente cualquiera puede expresar su opinión —ya advertía Isaac Asimov sobre «la falsa premisa de que democracia quiere decir que “mi ignorancia vale tanto como tu saber”» [20], configurando un paisaje ideal para descubrir las distintas «manifestaciones» de inteligencia existentes aunque «no existen jerarquías en la capacidad intelectual» [21]. Pero es cierto que se transforman rápidamente en espacios donde las opiniones tienen un valor irregular, donde las voces de unos se imponen a las de otros, donde la posverdad dificulta una discusión y/o análisis preciso y donde la jerarquización de la capacidad intelectual se ve reforzada por una constante consideración inferior de el otro.


1. Nicolas Bourriaud, Estética relacional (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2008), 15.
2. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 36.
3. Guy Debord, La sociedad del espectáculo (Valencia: Pre-textos, 2002), 38.
4. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 51 (consultada la versión digital).
5. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 24.
6. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 61.
7. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 51.
8. Ibidem, 14.
9. Ibidem, 54.
10. Ibidem, 55.
11. Ibidem, 54. 
12. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 115. 
13. Ibidem, 180.
14. Ibidem, 156. 
15. Walter Benjamin, Tentativas sobre Brecht (Madrid: Taurus, 1987), 119. 
16. Guattari citado en Nicolas Bourriaud, Estética relacional (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2008), 111.
17. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 127.
18. Jacques Rancière, El maestro ignorante (Barcelona: Laertes, 2003), 58 (consultada la versión digital). 
19. Ibidem, 31. 
20. Isaac Asimov, «El antiintelectualismo en Estados Unidos», https://alexiscondori.com/translation/0014-asimov-antiintelectualismo-culto-ignorancia 
21. Jacques Rancière, El maestro ignorante (Barcelona: Laertes, 2003), 19.

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