Regímenes de (hiper)visibilidad: conflictos de la cultura-red desde el pensamiento de Jacques Rancière (IV y final)

4. Espacios políticos de lo anónimo

La emancipación del espectador-usuario y la creación individual de resistencia colectiva y nuevos espacios crítico-políticos en la red parecen posibles, sin bien es cierto que se produce bajo las demandas del capital, bajo una constante combinación disensual/consensual y bajo la aparente desigualdad de inteligencias. Entonces, ¿es posible una emancipación en la red que no esté mediada por el capital? En este punto, puede ser de ayuda el concepto de metapolítica, a saber, «el pensamiento que pretende terminar con el disenso político mediante un cambio de escena, mediante un desplazamiento desde las apariencias de la democracia y de las formas del Estado a la infraescena de los movimientos subterráneos y de las energías concretas que los sustentan» [1]. Este «cambio de escena» bien puede darse en la «infraescena» de la red, esto es, espacios no mediados por el capital de la web 2.0, espacios virtuales «subterráneos» como la dark web donde se permite un aparente anonimato y la libre circulación. Este espacio ofrece el potencial suficiente para definir aquello que Rancière denomina como «política del arte», en nuestro caso, una auténtica «política de la cultura-red», lo cual implica «la tentativa de pensar una nueva clase de espacio colectivo, a partir del trabajo sobre las zonas de indeterminación y sobre las capacidades de lo anónimo» [2]. Los espacios virtuales de la dark web algunos teóricos como Alexander Galloway y Eugene Thacker han llamado a esto la antiweb son conocidos por un supuesto anonimato del usuario, ya que la dirección IP no es revelada, la información es encriptada y la conexión salta constantemente de un servidor a otro. Es por esto por lo que puede tomarse este espacio subterráneo de la web como un «espacio digital con políticas alternativas» a la red 2.0 y un «abandono de la militarización y el control en internet» [3]. Pero, como suele ocurrir en la red, las condiciones son ambiguas. Para Rancière, lo anónimo «no es una sustancia sino un proceso de distanciamiento puesto en cuestión permanentemente» [4], es un «concepto-distancia» que apuesta por «devenires-anónimos», configurando «procesos de conversión de una forma de anonimato en otra» [5]. El carácter cambiante y constante de la antiweb bien parece propiciar estos «procesos de conversión» y permitir que se produzca un «devenir-anónimo», pero ¿qué ocurre con la distancia en la red? La distancia siempre ha parecido ser un obstáculo dentro de las políticas de la espectaduría: para Rancière «la distancia no es un mal a abolir, es la condición normal de toda comunicación» [6], mientras que para otros pensadores como Byung-Chul Han «la comunicación digital deshace, en general, las distancias» [7]. Han también advierte de que, por mucho que el usuario se presente con frecuencia de manera anónima, siempre es «un alguien anónimo» [8]. ¿Permite la cultura-red mantener la distancia implícita en todo acto de comunicación o esta distancia se diluye para acercar a estos usuarios individuales conectados a través de colectivos virtuales?

Los regímenes de (hiper)visibilidad presentes en internet configuran un extenso panorama plagado de contradicciones e indeterminaciones que afectan y configuran nuestro papel como espectadores-usuarios. No sólo afectan al consumo virtual, sino que las lógicas de la condición digital influyen y condicionan la mirada a la hora de enfrentarnos a cualquier tipo de cultura. Actualmente ocupamos una posición —difícilmente reducible a la mera etiqueta de espectadores— que nunca antes había sido tan compleja, ambigua y cambiante. La red evidencia un presente plagado de tensiones que, para Jacques Rancière, son precisamente los factores que posibilitan el disenso y, por tanto, la creación de una esfera política y estética efectiva. Sin duda, la cultura-red permite al espectador-usuario la emancipación y propicia la creación de colectivos políticos, si bien es cierto que es necesario tener una (auto)conciencia contextual y de acción en un panorama digital mediado por el capital, donde la emancipación nace de forma disidente desde la propia alienación. Según Rancière, al oprimido no le hace falta que le expliquen las leyes de la opresión y «no existe evidencia de que el conocimiento de una situación acarree el deseo de cambiarla» [9]. Sin embargo, surge la constante pregunta: ¿Realmente no hace falta? ¿Realmente tienen conocimiento? ¿Lo tenemos? Que algo se nos muestre, que se nos descubra, no implica en absoluto tener un conocimiento hacia/sobre la cuestión en concreto —además, internet parece ofrecer un espacio donde los sujetos tienen más preocupación por mostrar que conocer—. Sin duda es una pregunta que tenemos que hacernos sobre las formas virtuales contemporáneas de intercambio y reciprocidad, «donde la erosión de las clásicas esferas de producción, consumo y distribución articulan un escenario peculiar cargado de nuevas posibilidades para lo común pero también de clásicos mecanismos de opresión simbólica (aun con nuevos disfraces)» [10]. Las nuevas posibilidades de lo común no deben caer en un consenso que anule la política y desarticule la multiplicidad de opiniones; lo común debe ser el disenso.


Marco Godoy, Hijo de cura. Frase recuperada, 2014

Si bien es cierto que la capacidad de la colectividad virtual permite «pasar del yo al nosotros» [11], debemos impedir que ese nosotros se convierta en una masa homogénea, y sería necesario potenciar un nosotros creado por la multiplicidad individual de yoes. Es por esto por lo que la resistencia política habita en el anonimato del nosotros que mantiene la singularidad del yo, como defiende Marina Garcés: «No se trata del anonimato de la masa, de la homogeneización, de la uniformidad, es el de la vida que se puede decir a la vez en primera persona del singular y del plural. Y eso no se hace desde unas siglas concretas, unos representantes, sino desde una presencia compartida. Es querer reapropiarse de la vida. Eso abre espacios para una nueva política» [12]. Una presencia compartida por los espectadores-usuarios que navegan por un espacio virtual tan irregular como prometedor. Dado que la cultura-red es un espacio relativamente reciente y terriblemente ambiguo, será necesario actuar conscientemente para, al igual que se pregunta Rancière con el arte crítico, saber si estos espacios virtuales «pueden funcionar como elementos de recomposición de espacios políticos o corren el riesgo de permanecer como sustitutos paródicos» [13].


1. Jacques Rancière, El malestar en la estética (Buenos Aires: Capital Intelectual, 2011), 45.
2. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 63 (consultada la versión digital).
3. Zach Blas en «Contra-Internet Aesthetics» en Omar Kholeif (ed.), You are here: art after the Internet (Mánchester: Cornerhouse, 2017), 89. 
4. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 81.
5. Ibidem, 75. 
6. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 17.
7. Byung-Chul Han, En el enjambre (Barcelona: Herder, 2014), 7.
8. Ibidem, 17.
9. Jacques Rancière, El espectador emancipado (Buenos Aires: Manantial, 2010), 32.
10. Remedios Zafra, Ojos y capital (Bilbao: consonni, 2018), 138.
11. Ibidem, 149.
12. Albert Lladó, «Marina Garcés: "Hay un independentismo poco identitario"», La Vanguardia, https://www.lavanguardia.com/libros/20131218/54398299988/marina-garces-independentismo-poco-identitario.html 
13. Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas (Barcelona: Museu d'Art Contemporani y Universidad Autónoma de Barcelona, 2005), 50. 

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