Una bala entra, sale todo lo demás

Scanners (1981) es una película de David Cronenberg que cuenta la historia de un conjunto de sujetos homónimos nacidos con desórdenes telepáticos. En el filme no se entiende la telepatía como una forma de leer la mente, sino como toda una conexión psíquica que permite a los scanners conectarse neuronalmente en un solo sistema nervioso. Este fenómeno puede usarse para conectarse y fluir a través de un sólo sistema generado en torno a una multiplicidad de mentes/cuerpos o para, literalmente, reventar cabezas. En cierto sentido, la película puede ofrecernos una valiosa lectura sobre los peligros del anonimato colectivo: puede establecerse a través de un nosotros donde pervive la individualidad de cada yo, o bien a través de una lógica homogeneizadora que desemboca en la masa. El filme también presenta evidentes tintes sociopolíticos ya que todos los scanners son inadaptados, individuos categorizados como desequilibrados mentales que han sido relegados a los estratos marginales de la sociedad. 

Hay una escena en la que Darryl Revok, un peligroso scanner, está siendo interrogado en un espacio disciplinario (una prisión o un psiquiátrico, qué más da). El hueco entre sus cejas está cubierto por una venda que tiene un ojo dibujado. Revok explica de forma intranquila que se hizo un agujero «para dejar salir la presión». Quiere sacar a la gente de su cabeza, hay demasiada gente en su cabeza y no queda espacio para él mismo. Cuando le preguntan si se refiere a voces en su cabeza, contesta: «No. Personas enteras. Brazos, piernas, manos». La interrogadora también quiere saber qué tiene colocado sobre su agujero. «Es una puerta. Puse un ojo sobre la puerta para que no sepan que es una puerta». Acto seguido, Revok pierde el control, empieza a chillar y a comportarse de forma violenta. Pocos segundos después, se quita lentamente la venda para dejar al descubierto algo que parece ser una herida de bala. 

David Cronenberg, Scanners, 1981

La herida que Revok se autoinflige es en realidad una puerta, una puerta que ha sido disfrazada de ojo para no levantar sospecha. Es un ojo que puede ser visto, pero no puede ver. Necesita vaciar su mente, necesita que «personas enteras» salgan de ahí para que él mismo pueda habitar su cabeza. Al contrario de aquella creencia popular en la que los ojos son ventanas —ventanas del alma, suele decirse—, el ojo artificial de Revok será una puerta —¿puertas del inconsciente?—; no se puede ver a través sino que debe abrirse o cerrarse. Nadie sospecha que un ojo será una puerta. Pero la puerta de Revok no será tanto para entrar sino para salir. Una bala entra para que puedan salir «personas enteras». También Mat Collishaw muestra en su obra Bullet hole (1988) una herida —originalmente se trata de una herida producida por un picahielos— ampliada que se presenta ante nosotros como si fuese una puerta entreabierta, un ojo sangriento o una apertura vaginal. La herida rodeada de pelo resulta absorbente, un túnel insidioso. Tengo la sensación de que podría adentrarme en esa herida, penetrarla. Pero también está el incesante presentimiento de que cualquier cosa puede salir de ella, cualquier cosa menos sangre.

Mat Collishaw, Bullet hole, 1988

Una herida siempre será una apertura que nos mira más de lo que nosotros la miramos a ella. Se trata de un ojo que nos devuelve la mirada, que nos mira pero que somos incapaces de mirar del todo. Un ojo que oculta una puerta. Porque todas las heridas son un ojo. Porque todos los ojos son una puerta. Porque todos los ojos están heridos. Porque todas las heridas son una puerta. Una puerta que abrimos pero que ya no podemos cerrar. Porque es una puerta para que la cosas salgan, no para que entren. Una bala entra y sale todo lo demás.

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